Las alegres estridulaciones del grillo se
desvanecen, amordazadas por el ulular de las sirenas.
Un coro de quiltros eleva su aullido
melancólico a la noche, descorriendo esa máscara de pueblo tranquilo.
Decenas de corazones se contraen
palpitantes, reafirmando el temor de vigilia en una calle inundada de
pasos rápidos y voces altisonantes:
– ¡Fuego!
¡Fuego! ¡Fuego!
El roído cañón del calefactor a leña, ha
liberado el incendio prisionero en una chispa, propagando el fuego por el
entretecho a lo largo de las vigas. La vivienda es un volcán que se estremece y
ruge, escupiendo una nube de humo negro que repta, como culebra herida
hacia la oscura guarida del cielo.
El acontecimiento público –impúdica
vitrina de políticos– atrae a la morbosa muchedumbre: se aglutina
extática, averigua, comenta, repite lo que otros dicen, fotografía con
celulares y obstaculiza para presenciar el siniestro. Retiene el aliento con
esperanzas y temores ocultos.
Otros, se vuelcan a la calle y socorren
con sincera nobleza, acogen damnificados, trasladan mobiliario o
transportan electrodomésticos. Pero, en la vertiginosa confusión, florece la
sagacidad del ratero, escabulléndose con un indigno trofeo del infortunio
ajeno.
...
Con balizas y carros, emerge imponente
Bomberos, aquel gigante iridiscente vestido de rojo, amarillo o negro.
Surgen órdenes para las maniobras de socorro: carretes y mangueras, ruedan por
el pavimento, se acoplan pitones, artefactos de respiración, y en
ventanales tiznados de llamas, se posan las escalas.
La sudoración bajo el traje no empapa
el valor al Hombre del Fuego, el brazo se fortalece en la protección de la vida
y bienes del prójimo. Su gancho arranca latas, tablas, canaletas, y con
el hacha, abre camino por ventanas, derriba tabiques o puertas.
Las burbujas de pintura oleosa,
inflaman las paredes cercanas, fragmentos ardientes caen a su alrededor y, los
gases tóxicos irradian su cálido aliento mortal. Se asfixia la atmósfera:
cianuro de hidrógeno, amoníaco, monóxido de carbono, benceno, ácido
sulfhídrico…
Agotado por el calor y con la cabeza
hundida en el humo, busca algún cuerpo entre lenguas de fuego hostil.
Afuera... el grito de una madre, congela y
desgarra el alma, atravesando los pechos, con una punzada de miedo:
– ¡Mi hija! ¡Mi hija!

...
Ruinas humeantes se amontonan en la
vereda, junto a las pertenencias inutilizadas por el agua. Muy pronto, el
viento, se llevará este olor a tibia humedad.
Mañana, la familia, con los sueños
materiales fragmentados, resurgirá fortalecida desde los mismos escombros del
hogar.
...
Ahora, el silencio camina con pies de
terciopelo por las calles en penumbra, y los espíritus en paz,
sintonizan con aquellas voces sedantes de la Naturaleza.
Croan los sapos barítonos en el Estero Pelleco y, en la intimidad de las
habitaciones, el grillo negro de la pared, acuna a su insomne auditorio.
Los pausados golpeteos en el techo, avisan
el inicio de la lluvia...
Texto y Fotografía: Julio Cabezas G. 2010
© Todos los derechos reservados
LANCO, Región de Los Ríos - Chile
En Fotografía: Comandante Bomberos de
Lanco: Sr. Samuel Roa